De “Momentos inventados y otras historias”

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Clara, en el estudio

Solía subir a ver mis trabajos de vez en cuando. Esa vez, tuvo que posar para uno de ellos, para ser inmortalizada como los demás. Clara posee un misterio interior que se refleja en el azul de su mirada, cuando camina y en los hilos dorados del pelo, por eso tenía que ser pintada justo cuando tenía una de las edades más bonitas que uno puede tener: los dieciocho.

Quizás la mejor pose que podíamos elegir era la frontal, mirando a la cámara directamente, parecido a cuando ella nos observa mientras contamos historias casa de la abuela. Era una tarde calurosa de julio, pero a últimas horas de la tarde ya se podía respirar un poco, y posar sin demasiada angustia no iba a ser dificil.

Imponente, en el sillón rojo de la abuela, entre muebles y lienzos del estudio, Clara me miraba tranquila, aunque las puntas de sus zapatos hacia dentro indicaban que cierta timidez podía estar invadiéndola. La luz que entraba por la puerta de la terraza hacia un poquito más palida la tez que le caracteriza e iluminaba más sus ojos, que brillaban aquella tarde como si estuvieran adivinando el propósito final de nuestro trabajo, aunque la cortina de flores que la tía Rosa había cosido hace ya más de veinte años atenuaba un poco el ambiente haciéndolo más cálido y turbándolo un poco.

Sin saber muy bien como lo había hecho, Clara había elegido los colores perfectos para una buena pintura. Había escogido azules turquesa y ultramar y rojos carmines y escarlata (el dorado no fue una elección, fue una aportación divina que sus progenitores quisieron regalarle).

Ahora, Clara, ya con la mayoría de edad, sólo me queda desearte suerte en la aventura de la vida.

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De “Momentos inventados y otras historias”

Entre flores peq

Entre flores

Había venido para quedarse. La primavera es la estación del año más bonita de todas y coincide con la alteración del ánimo, con la alegría y con el fin de curso, trae las rosas, las margaritas y los tulipanes, y nos anticipa unas afables tardes de verano aquí y allá. La primavera es una estación del año trimestral como las demás, pero parece que esta vez, por su cantidad de brotes, había llegado para quedarse.

Traía flores de todos los tipos, de todos los colores, y un pequeño soplo de viento las arrojaba sobre su cuerpo allí sentado, que se fundaba como esperando a alguien, como para quien los minutos parecen horas, en una espera que parece interminable. Y es que ella hacía precisamente eso: sentada sobre la butaca del salón, esperaba a Carol, entre la luz sutil que se colaba por los cristales y que le permitía ver en el reloj cada minuto transcurrido. Se había puesto uno de los vestidos que más le gustaban coincidiendo con la salida de las flores del jardín del patio y, dado que el timbre le avisaría de la oportuna visita de su amiga Carol, decidió divagar descalza hasta recibir la visita.

La luz era cálida, como la de una mañana primaveral de La Mancha, pero ella prefería mantener la casa ligeramente sombía para lograr más intimidad frente a los vecinos y hacer del hogar algo más suyo. Casi de repente, el timbre se hizo eco desde la entrada hasta el salón: su aliada había llegado.

De “Momentos inventados y otras historias”

Ropa tendida (detalle)“Ropa tendida” (detalle)

Siempre tendía la ropa por las mañanas. Decía que con el sol de mediodía secaría más rápido, sin que se llegasen a evaporar las esencias de suavizante, y podría colgarla en el armario esa misma noche, para poder escogerla a la mañana siguiente a la hora de elegir el conjunto que más le pudiera favorecer ese día, dependiendo de la estación del año en que estuviera, el estado de ánimo con el que se levantara y el tipo de cita que tuviera ese día. Las sábanas las tendía siempre bien estiradas. Así facilitaba luego la labor de plancharlas. Le gustaban las sábanas blancas, pulcras, sin adornos que pudieran inferferir en sus sueños nocturnos. Solía soñar cosas bonitas, aunque alguna vez algún demonio se colaba en las noches para oscurecer su soñolencia y hacerle creer que el mundo se volvía turbio. Siempre ponía mucha cantidad de suavizante en el depósito de la lavadora para sentir las caricias de la lavanda mientras intentaba conciliar el sueño al compás de su emisora de radio favorita. Recogía las sábanas del tendendero casi sin que llegasen a secar del todo, algo húmedas, pues quería todo el olor para ella (si se lo llevaba el viento, corría el riesgo de que germinaran campos de lavanda en zonas indeseadas y ese olor que tanto le gustaba se extendería demasiado). Para los manteles prefería elegir estampados florales que, decía, proporcionaban gozo y bienestar en la mesa. Los cosía ella misma, en la Singer que tenía ya más de treinta años en la habitación de la parte de arriba de la casa y que, para satisfacción suya, manejaba desprovista de pedal, alardeando de ello siempre que podía. Les cosía a sábanas y manteles un ribetillo alrededor que les hacía lucir más pulidos. Siempre que tendía podía escuchar el canto de los pájaros de la calle de abajo, que se posaban en los árboles del arenal esperando que vinieran otros cuántos, y que entonaban al ritmo del par de canarios que ella tenía en el patio y que cuidaba cada día intentando que se alimentaran solo del sol suave, resguardándolos en las horas frías del día y protegiéndolos en las que el sol, por el contrario, calentaba con fuerza. Desde el patio donde tendía siempre escuchaba el traqueteo de los coches que iban y venían de la carretera de Abengibre, y el ir y venir de señoras que bajaban al mercado de los miércoles o al café de las diez. Desde arriba, podía escuchar si alguién solicitaba su presencia por teléfono o en persona, así que podía alargar el momento echando una cabezadita al sol en su amaca preferida.

De “Momentos inventados y otras historias”

_MG_0427“La mecedora de atrás”

La mecedora de atrás tenía más de treinta años. Todavía recuerdo cuando mis abuelos estrenaban con estima el par de mecedoras que iban a decorar la cocinilla de abajo, pues ellos mismos las habían pintado y tapizado. Pili eso no lo sabía. Saboreaba el café meditando, desconociendo el valor de aquella silla y haciendo círculos infinitos con la cucharilla en el interior de la taza, ajena a los tesoros que le rodeaban. El café era de aquellos de toda la vida que se hacían en cafeteras de aluminio para un grupo de personas o, si eran para uno mismo, teníamos café para tres o cuatro días (las cápsulas monodosis todavía no se habían inventado).

Era difícil adivinar el trejemaneje de su pensamiento, que parecía salirse por la ventana a través de sus ojos y que se acompasaba con los movimientos de la cucharilla dentro de la taza. Afortunadamente, a cada sorbo de café, la mano derecha se tomaba un pequeño descanso y el sonido que producía el metal al chocar con la cerámica dejaba de molestar por unos segundos. Quizá algo de miedo la estaba invadiendo, o eso denotaba la retracción de sus piernas sobre sí, como si quisiera protegerse. No le importaba cuanta gente merodeara por la casa, ni cuantas visitas hubiera, ni el volumen ni timbre de voz de aquellas señoras marujas que entraban contando algún chisme novedoso o, incluso, inventado.

Estaba claro que algo más allá de eso le importaba: tal vez la entrega dentro de fecha de su trabajo final de carrera o las clases con sus niños del día siguiente, pues tenía la suerte de compaginar estudios y trabajo. Lo que estaba claro es que estaba tejiendo un pequeño proyecto en busca de una solución en ese momento y que un enigma importante estaba apunto de ser resuelto. A veces es difícil entender como tendemos a marear nuestra mente en horas en las que debería estar prohibido, como la de aquel desayuno de las once, en un paréntesis tan valioso como el que hacemos entre nuestros quehaceres diarios, aunque bien es cierto que es una tarea complicada aunque nos pongan, incluso, café de cápsulas.

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A mi abuela.

Se estaba abrochando el penúltimo botón del jersey cuando se dió cuenta que llegaría tarde. El despertador de la mesita de noche marcaba una hora más de la que debería, pero no le importó. El café que iba a tomar a media mañana con sus amigas de la infancia podía esperar un poco más. Sus manos se mostraban poco ágiles, cansadas, fatigadas por la edad, pero en su cabecita no se reflejaba lo mismo. Tenía todavía energía suficiente para revivir la juventud que, aunque había quedado ya muy lejos, recordaba con orgullo, con la satisfacción que produce el trabajo bien hecho. En un rato, iba a reir como la que más, mientras las cartas jugarían encima de la mesa y sus amigas coquetearían con ellas.

Le gustaban las camisas blancas. Decía que eran símbolo de limpieza. Siempre las planchaba con vapor para remarcar el doblez de las mangas y al vestirlas dejaba el último botón sin abrochar para lucir un poquito de carne. Solía combinarlas con jerseys de colores neutros, pues le sugerían más elegancia que los colores estridentes, y casi siempre eran de tonos oscuros, para resaltar el blanco de la camisa. Una vez puestas las dos pizcas de perfume, estaba lista para disfrutar de las mañanas de “locura viejuna”.

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Se vestía siempre cerca de la ventana. Disfrutaba de los rayos del sol que se colaban desde el patio exterior mientras se preparaba para salir. Vivía en casa de sus padres y le gustaba compartir con ellos los momentos de la comida y la cena, y ver el ajetreo familiar diario aunque echaba de menos que su hermana viviera allí también. Sus tres pequeños caninos le aportaban la vitalidad suficiente para pasar con garra el resto del día en la oficina, para trabajar firme en sus proyectos de arquitectura y para entregarse con energía al nuevo grado en el que se había matriculado. Solía vestir casi siempre un calzado cómodo que le permitiese patear el mundo cada día y no llegase a casa con la sensación en la planta del pie de haber recorrido el universo entero. Las mejores botas que tenía eran de piel, de color marrón, con dos centímetros de tacón para que el asfalto no hiciera estragos en su tendón de Aquiles. Apretaba los cordones con firmeza para llevar bien agarrado el tobillo y debía hacerlo con rapidez, pues siempre tenía detrás una nueva tarea, un quehacer o alguna cita. Le gustaban las mallas elásticas. Le aportaban comodidad, y en su traqueteo diario podía llegar a pensar que llevaba el pijama azul que tanto confort le daba por las noches en lugar de ropa de calle. Encima colocaba unos calentadores de lana que le ayudaban a mantener las piernas algo más calientes de lo normal. Una vez esto, solo quedaba salir a cabalgar las historias que le contaba la vida, otra vez más.

De Momentos inventados y otras historias.

HACIA EL ESPACIO INTERIOR

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La Real Academia de la Lengua definine la palabra “casa” como edificio para habitar y “vivienda” como lugar cerrado y cubierto construido para ser habitado por personas. Allí donde sólo algunos pueden albergar su palpitar diario, donde retornamos y de donde partimos. Allí donde habitamos con otros o lo hacemos en la más íntima soledad. En ese lugar donde nos refugiamos del peligro exterior, aunque haya maneras de conectar con él con nuestras pantallas de última generación que nos alertan que estamos siendo invadidos.

 

Y es que un hogar dice mucho de nosotros y puede describirnos como si nos abriesen de arriba a abajo para extraer nuestra caja negra. Ordenadas, sosegadas, con un espíritu algo bohemio o con un aire clásico, impolutas o, por el contrario, con un ambiente evidente de que alguien vive ahí. Puede albergar color o carecer de él, pero es como una prolongación de nosotros mismos, que nos describe y nos pone en evidencia. Pasamos parte de nuestro tiempo en nuestros hogares y, eso, hace que se convierta en parte de nosotros y ponga de manifiesto nuestro ser. Entrar en un espacio interior, bien personal o bien profesional y, ante la ausencia del protagonista, imaginarnos como es él a partir de su entorno es casi una coincidencia habitual. Es fácil describir como es aquel o aquella a partir de su espacio interior.

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Uno de esos días en que apetece escribir y leer al mismo tiempo, de esos en que sumergirse hasta el epicentro de la tierra y elevarse hasta la lejanía más infitita del espacio pueden darse simultáneamente, días en que parece que brillan tanto los rayos de sol que entran por la ventana que es como si fueran a disolverse pronto. Domingo, anterior al fatídico lunes, y después de un concierto de rock de sábado noche de Zener (grandes) pero, sobretodo, vísperas de quién sabe qué. Mundo de locos, de idas y venidas, una vez más. De incertidumbre y de contradicción.  Nacer y morir, crecer y decrecer, brillar y palidecer al mismo tiempo. Días con más calidad de vida que en tiempos remotos pero con más frustración, también, que antaño. Tener esperanzas, y perderlas justo en el momento de encender la televisión. Echar de menos y de más al mismo tiempo (entiendan el concepto, señores de ahí arriba que creen gobernar el mundo). Obligarse a vivir el presente, como así recomiendan los más entendidos, pero estar condicionado por el pasado, y aún más si cabe, por el futuro (incierto). Afortunadamente, frente al caos de la contradicción y a la crisis humana, social, moral y política que estamos alcanzando, existe un rinconcito en la Plaza del Pilar, orientado al sur de mi pequeña villa, en el número 10, justo a este lado de La Rambla, donde termina el Callejón de Once y lugar de encuentro durante muchos años con los que más quiero. Allí, donde todos nosotros nos hemos criado, donde las alegrías han brindado sus mejores momentos, donde sólo tú has sabido darnos unidad, paz. Donde es demostrable la sinceridad en este universo de teorías mundanas, que no nos dejan avanzar, pero tampoco nos dejan abandonar (como el perro del hortelano). Quizá sea por eso que los cuadros luzcan de esa manera tan peculiar, que los resutados sean tan fructiferos como la casa que los amamanta, como si quisieran significar exactamente eso. Quizá sea por eso que transcurres tan deprisa sin marcar, al menos, a “en punto”. Pequeño rincón que desafías al exterior y que combates con tu esencia (de trementina) la falta de ella en el mundo de ahí afuera, bienvenido al mundo de las contradicciones. Nos vemos mañana.

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EXPOSICIÓN PERMANENTE

La semana que viene, con motivo de la inauguración de La Bodega de Serapio (situada en Calle Méndez Núñez, junto a Plaza Mayor) en Albacete, NUEVA EXPOSICIÓN DE MIS ÚLTIMOS TRABAJOS. Porque vino y arte pueden venir de la mano…